18 ago. 2017

Barcelona- súplica




Y uno se pregunta de nuevo
¿por qué?

Y hasta el cielo se interroga
¿por qué?

Y todo hombre de bien se cuestiona
¿por qué?

Y el sin sentido
vuelve  a surcar el aire.

Y la sin razón
atraviesa el universo.

Y surge la súplica:
A la sombra de tus alas, ¡guárdanos, Señor!






14 ago. 2017

María Asumpta




Al cielo vais, Señora

Al cielo vais, Señora,
y allá os reciben con alegre canto.
¡Oh quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al monte santo!

De ángeles sois llevada,
de quien servida sois desde la cuna,
de estrellas coronada:
¡Tal Reina habrá ninguna,
pues os calza los pies la blanca luna!

Volved los blandos ojos,
ave preciosa, sola humilde y nueva,
a este valle de abrojos,
que tales flores lleva,
do suspirando están los hijos de Eva.

Que, si con clara vista
miráis las tristes almas deste suelo,
con propiedad no vista,
las subiréis de un vuelo,
como piedra de imán al cielo, al cielo.


 Fray Luis de León






6 ago. 2017

¡detente!


¡detente! Pliega el ala voladora:
¡ buscas la luz, y en ti llevas la aurora;
recorres un abismo y otro abismo
para encontrar al Dios que te enamora,
y ese Dios, tu lo llevas en ti mismo!
Y el agitado corazón latiendo,
en cada golpe te lo está diciendo,
y un misterioso instinto,
de tu alma en el obscuro laberinto
¡te lo va noche a noche repitiendo!
... ¡Más tú sigues buscando lo que tiene!
Dios en ti, de tus ansias es testigo,
y, mientras pesaroso vas y vienes,
como el duende del cuento, El va contigo.

27 jul. 2017

Busco tu Rostro (II)

¡Densa oscuridad!

Ilumina
orienta
la luz del faro
cuando el cielo
se viste de negrura.

¿Y tu Palabra?
¡ay!
ya no luce
ya no guia
en la densa oscuridad.

¡miserere Dei!



25 jun. 2017

La oración contemplativa

[…]

El hombre es el ser con un misterio en su corazón, que es mayor que él mismo. Está construido como tabernáculo, ceñido de un misterio sagrado. Cuando la Palabra de Dios le pide morar en él, no necesita disponerle artificiosamente su centro. Su ser más íntimo es disponibilidad, escucha, percepción, voluntad de entregarse a mayores, de hacer valer la verdad más profunda, de rendir las armas ante el amor de largo alcance.

Cierto, este santuario está en el pecador abandonado y olvidado, cochambroso, convertido en sepulcro y leonera, y exige un esfuerzo -el esfuerzo precisamente de la oración contemplativa- para desescombrarlo y hacerlo habitable al Espíritu Santo, pero no se necesita construirlo. Ahí está en el espacio vital del hombre desde siempre.

Por eso, la inefable relación del hombre con la Palabra de Dios -con la dicha y admiración inagotables de todos los orantes- comporta siempre de consuno dos cosas: la vuelta al yo más íntimo y la salida del yo al Tú altísimo. Dios no es el Tú como si fuera respecto a mí otro yo extraño. Está en el yo, pero también sobre el yo; por estar sobre el yo como Yo absoluto, está en el yo humano como su más honda raíz y fundamento, “más íntimo a mí que yo mismo”.

“Sin embargo jamás puede el hombre a partir de su naturaleza averiguar la voluntad de Dios, la meta de su vida. Esto sería exigir a la esclava lo que sólo el Señor puede dar. “Como los ojos de una sierva en la mano de su señora, así nuestros ojos en Yahvé nuestro Dios” (Ps 122, 2).”

Esta mirada es la contemplación. Es un mirar adentro, en los hontanares del alma, y, por lo mismo, mirar también arriba, por encima del alma, a Dios. Cuanto más encuentra a Dios, más se olvida el hombre de sí y, no obstante, se encuentra en él. Es un mirar, de hito en hito, pero que siempre y hasta el extremo es un “oír” porque lo contemplado es la persona libérrima e infinita, que desde su profundidad puede siempre donarse libremente de modo nuevo, insospechado e imprevisible. Por eso, la Palabra de Dios no es algo acotado que puede contemplarse a la manera de un paisaje definido; es más bien una novedad constante, como agua de un manantial o como rayos de un foco. Y así “no basta mantener la mirada” y “saber los testimonios de Dios”, sino se toma y se bebe constantemente de las fuentes de la luz eterna” (San Agustín).”

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Esto resulta claro para quien ama. El rostro y la voz del amado le son en cada momento tan novedosos como si nunca antes los hubiera visto y oído. Ahora bien, el ser de Dios, que se nos revela en su Palabra, no es sólo para los ojos enamorados, sino en sí, en suma objetividad, lo siempre y cada vez nuevo, la maravilla a la que ni los serafines ni los santos pueden “habituarse” en toda la eternidad y, por el contrario, cuanto más la contemplan, más largo desean contemplarla”.

“Mientras estemos bajo la ley del pecado, esta plenitud llevará siempre un rasgo doloroso. Tenemos que renunciar a lo propio, porque lo propio ataja el espacio que la Palabra de Dios requiere en nosotros. Y la Palabra tiene un carácter combativo: como “espada” y “fuego”-sus propiedades más peculiares- tiene que conquistar en nosotros el lugar sin el que no puede estar.”



Barcelona- súplica

Y uno se pregunta de nuevo ¿por qué? Y hasta el cielo se interroga ¿por qué? Y todo hombre de bien se cuestiona ¿po...